La especie humana se ha distinguido desde sus inicios por la cualidad de cuidarse unos a otros. Este cuidado no responde solo a una necesidad instrumental; es producto de otra capacidad fundamental de la especie: el amor.
Hoy se sabe que los neandertal cuidaban a los enfermos y a los ancianos a pesar que estos no contribuyeran a la alimentación de la sociedad. Un fósil encontrado en Kurdistan que data de hace 50 mil años, da cuenta de un individuo al que habían amputado quirúrgicamente su brazo derecho y perdido su mandíbula, sobrevivió por años gracias a que otros masticaban su comida para que él solo la tragara.
Los neandertal sabían lo que era el cuidado de otro y, si bien, fueron extintos, hoy se postula fervientemente que son parte de nuestra cadena evolutiva y que podría ser el cuidado mutuo uno de los aspectos que aporta a la desarrollo de la especie[1].
En nuestra época actual y particularmente en América Latina, estamos viviendo un momento de intensa transformación. Podemos decir que somos herederos de dos grandes formas de articular nuestras sociedades urbanas. Una de institucionalidad burocrática, poseedora de la verdad y de carácter instruccional, que trata de contener las formas de comportamiento y las creencias (iglesia, estado, ley). Y otra de carácter individualista, basada en la búsqueda de oportunidades, el éxito y la libertad de expresión (libre mercado).
El traslape de ambas “cosmovisiones” ha generado un escenario de profundos cambios para el desarrollo del cuidado mutuo, tal como se había desarrollado con anterioridad. Esto es producto de al menos de dos factores:
La integración de la mujer al mundo del trabajo. Históricamente, el rol del cuidado ha estado ocupado por las mujeres en su dedicación al cuidado de los hijos, la familia, los ancianos, los enfermos. Al incorporarse la mujer al trabajo, se ha producido un vacío de cuidadoras, ahora dedicadas a las mismas labores de producción que los hombres.
La institucionalización de la vida social. Los bebes en la sala cuna, los niños en el colegio, los jóvenes en el instituto, los adultos en el trabajo, los ancianos en los hogares, los enfermos en los hospitales. Los humanos pasamos hoy gran parte de nuestro tiempo dentro de una institucionalidad que nos contiene. Ahí somos “protegidos” aunque no necesariamente “cuidados” de acuerdo a las normas propias de cada institución.
El cuidado, tal como lo conocíamos en el pasado, relacionado a los hogares y a la feminidad, se ha devaluado. Hoy no es rentable. No es rentable económica ni psicológicamente cuidar de los ancianos, o de lo hijos más allá del pos natal.
La campaña de la Presidenta de Chile M. Bachelet de construcción de salas cunas para que todas las mujeres tengan acceso a éstas y puedan ingresar al mercado laboral, es un ejemplo claro de esta tendencia.
Qué consecuencias ha tenido ésto. La institucionalización del cuidado ha liberado el camino para la libre producción y ha impulsado el desarrollo económico, tecnológico y comercial; sin embargo ha ido dejando atrás dos de los sustratos más importantes del cuidado y de la especie: el apego y el amor incondicional.
Según John Bowlby, gran exponente y fundador de la teoría del apego, existe una necesidad humana universal para formar vínculos afectivos estrechos. Sus investigaciones lo llevaron a sostener que la necesidad de entablar vínculos estables con los cuidadores o personas significativas es una necesidad primaria en la especie humana.
El cuidado ofrecido en los medios institucionales es eficiente, técnico, se basa en conocimiento estandarizado, pero muchas veces carece de amor y apego.
Las consecuencias de esta transformación puede ser dramática para la evolución de la especie. Hoy diversas investigaciones demuestran que somos seres de apego, de contacto y vinculación (Maturana, 2002, 215 y ss). Es central en el desarrollo humano saberse cuidado, esto nos da seguridad, bienestar y facilita un mayor desarrollo de todas las capacidades y potencialidades de la personalidad (López, 2009)[2].
¿Cómo generamos entonces instituciones amorosas, parece ser el gran desafío de nuestra época?
¿Cómo otorgamos al cuidado mutuo y a sus derivados como el bienestar, la calidad de vida y el desarrollo personal, el lugar que requiere para el desarrollo de la humanidad?
¿Cómo hacemos de los espacios laborales, lugares donde las relaciones cobren valor desde la empatía, el respeto y la conexión?
Estos parecen ser parte de los grandes desafíos de nuestra época. Tienen un trasfondo productivo (ya sabemos que las personas producen más y mejor en ambientes seguros, de confianza y vínculos afectivos) y también un trasfondo evolutivo.
Recobrar (o reinventar) la formula que nos provea de amor y apego a través del desarrollo del cuidado mutuo, es la base de la construcción de una humanidad capaz de superarse y avanzar a nuevos desafíos sin destruirse a si misma en el camino.



Saludos Javiera excelente artículo, Dios te bendiga y te guarde
Buenas noches Javiera,
Te felicito por este artículo, invita a la reflexión y motiva a pensar.... algo que últimamente no está de moda. Como supervisora de enfermería de un hospital de Barcelona me quedo con tu frase "¿Cómo hacemos de los espacios laborales, lugares donde las relaciones cobren valor desde la empatía, el respeto y la conexión?". ¿Me podrías aconsejar algún libro que trate este tema? Muchas gracias, un abrazo!
Ana Rosa
Hola Ana Rosa.
Gracias por tus comentarios, me hacen muy bien.
La verdad es que no tengo un libro que hablé de esto, tengo unos textos que he estado escribiendo y te lo puedo mandar si me das tu correo electrónico.
Saludos desde Chile
Javiera
Querida Javiera:
Me llena de esperanza este artículo, creo que partir hablando del amor, de la confianza, del cuidado es algo valiente en esta época actual que se puso sólida con las emociones, fría con la otredad, que olvidó la importancia de estas palabras en nuestra vida diaria, tan elementales, simples y gigantes. Mientras más pasan los días, más me convenzo de lo importante que es sabernos unidos y que eso supera cualquier montaje de terror que impregna nuestra época. Yo me sano cuando cuido y pido cuidado a los otros. Cariños!
Hola compañera de travesía.
Te acuerdas cuando la Minerva decía que los hombres se sanan dando y las mujeres recibiendo.
Me acorde de eso cuando te leí.
I love you!